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La creación mediante Decreto Presidencial del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, constituye una inmejorable oportunidad para alentar un debate que promete extenderse en el tiempo, ya que mientras presupone un trasfondo filosófico y conceptual que involucra aspectos sustanciales de nuestro pasado, contempla profundas divergencias respecto a él.
Bien vale entonces comenzar, en el marco de nuestras limitadas posibilidades, a encarrilar la controversia hacia el análisis de ciertos postulados que nutren la opinión tanto de sus defensores como de sus detractores.
Para quienes adherimos a la corriente revisionista de nítida matriz historicista, nuestra Argentina como cualquier otra organización humana que comparte una cultura −es decir un devenir, un conocimiento y una conciencia comunes− es un producto histórico, y como tal, constituye una entidad particular y única.
Concebimos entonces a la Historia como sinónimo de experiencia compartida, y en tanto ella, no presupone estrictamente un pretérito intrascendente, ya que tal experiencia se proyecta necesariamente hacia el presente y el porvenir.
Fermín Chávez sostuvo en su época que de esa proyección hacia el futuro resulta “lo verdaderamente fecundo de la historia”, y en concordancia, todo regreso y revisión de nuestros orígenes resulta labor productiva. La Historia, al decir de Ana Jaramillo, se inviste así en magistra vitae (maestra de la vida). Gustave Le Bon, por su parte, sostuvo en sintonía que “un hecho separado de su génesis no enseña nada”.
A nuestro entender, en síntesis, todo grupo social tiene necesariamente relación con su propio nacimiento, y en la aceptación y en el entendimiento de lo acontecido “…jamás hay decadencia, ya que toda decadencia es; al propio tiempo, preparación para la nueva vida”[1]
Por el contrario, desde ciertas perspectivas opuestas a tales definiciones, se afirma que sólo existen productos históricos universales. Autores enrolados en doctrinas o más bien ideologías a–históricas, niegan trascendencia al pasado asignándole a su vindicación caracteres de práctica decadente, y además, reprochan toda indagación que no provenga de las instituciones académicas y que no respondan al método científico y al sistema de tutorías que ellas presuponen.
Tales perspectivas encuentran sus orígenes en el Iluminismo, una vertiente filosófica surgida en Europa e incorporada en nuestro país, para muchos pensadores acríticamente durante el siglo XIX, vertiente que imperó casi sin fisuras durante más de un siglo en la mayoría de nuestras instituciones académicas.
Los presupuestos fundantes del Iluminismo llevaron a muchos intelectuales argentinos, según Fermín Chávez, a pensar un país nacido de “la razón” y a “imagen y semejanza de los modelos propuestos por las teorías europeas”. Encuadrados en una concepción antropocéntrica individualista que asigna una relevancia preponderante al sujeto por sobre el conjunto, niegan protagonismo histórico a cualquier entidad compleja (vgr. el pueblo).
Si bien podemos rastrear rasgos de historicismo en algunos autores clásicos como Juan Bautista Alberdi, el historicismo, en su versión revisionista, surgió en nuestro país a fines del siglo XIX como un gran movimiento cultural que, entre otros aspectos, cuestionó algunos de los fundamentos sobre los que los iluministas erigieron sus proposiciones.
Esta corriente vino a formular objeciones a ciertos presupuestos “iluministas” como aquel que determina que la realidad es un producto viciado por la historia, que la poesía primitiva y popular es una escoria, que la raza blanca es superior a la negra, que el mestizaje constituye una anomalía degenerante, etc.
Así autores como el citado Fermín Chávez comprobarían que la adopción acrítica de tales presupuestos generaron “un prejuicio moral y cultural”, ya que a partir de su influencia, empieza a concebirse y a desarrollarse una dicotomía, civilización–barbarie, donde lo bárbaro resulta sinónimo de lo propio, y donde además, la idea de barbarie empieza a cobrar sentido peyorativo hacia adentro”.
Tal dicotomía para el autor citado vino a trastornar los supuestos culturales hasta el punto de hacerle creer a los nativos “que su civilización consistía en la “silla inglesa y en la levita”. Además para Chávez la concepción naturalista de la sociedad contribuiría a hacer “sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra incipiente germinación espiritual”[2]
El historicismo, en su versión revisionista, surgió de esta forma como vindicación del pasado, y no, como malentienden algunos, como una atadura melancólica a él. Por el contrario el revisionismo se constituyó como una matriz analítica orientada hacia la comprensión de lo que “se es real y efectivamente”. Como abordaje de esa “intrahistoria” de la que hablaba Unamuno.
Una de las críticas más profundas que historicistas realizarían a iluministas, es aquella que sostiene la existencia de productos y de presupuestos filosóficos universales, afirmando (los historicistas) que ellos constituyen un imposible teórico y práctico, ya que cada comunidad se va auto-modelando a través de su propia experiencia concreta en un contexto de mayor o menor grado de autonomía. Tal reproche supondría además que ciertos prejuicios iluministas han impedido durante décadas una reflexión seria y cabal sobre nuestra constitución real.
Para concluir sostengo que las experiencias revisionistas que hoy se multiplican en todo el país, no aspiran, como denuncian sus antagonistas, a implantar una interpretación única de nuestro pasado y una clausura del debate, sino muy por el contario, a provocar un necesario reencuentro con ese pretérito que, como sostuvimos, es presente. Niego además que el revisionismo se proponga imponer una mirada homogénea sobre la historia. El revisionismo solo se propone enriquecerla a fin de garantizar una verdadera reflexión plural que nos abarque a todos.
El revisionismo en definitiva presupone y promueve el debate y el disenso. Ese disenso que constituye el motor que lleva a muchos argentinos a interesarse por la Historia, a criticar verdades consagradas, a realizar nuevas investigaciones y a construir nuevos relatos, a veces desde el mismísimo llano.
El revisionismo resurge hoy, entonces, como garantía de ese verdadero pluralismo que se requiere para la construcción de un relato común en cualquier sociedad que se precie democrática.
Francisco José Pestanha: Escritor y ensayista y miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.
[1] Fermín Chávez:
“La historia no es el pasado” En los huérfanos de Perón. Opúsculo editado 1988.
[2] Fermín Chávez: “Civilización y Barbarie”. El liberalismo y el Mayismo en la historia y en la cultura argentinas”. Editorial Trafac. 1956
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