Opinión 26/01/2012
Maestros
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A lo largo del camino que recorremos para formarnos en la materia, el saber o el arte que nos ocupa, vamos encontrando distintas manos que nos ayudan. Algunas de manera oficial o explícita, otras de modo más aleatorio y hasta inconsciente. Pero sólo en algunos casos, llegamos a sentir que corresponde nombrar a quienes nos inician o acompañan en ese recorrido con la palabra “maestro”.

Raymond Carver reconoce como uno de ellos a John Gardner. Cuando ya era un escritor más reconocido que su propio maestro, Carver escribió el prólogo del libro de Gardner Para ser novelista, donde cuenta cómo lo conoció, por qué se anotó en su taller de escritura creativa, qué decían de él los otros estudiantes que habían sido sus alumnos. Pero además, quizás lo más interesante, menciona distintas enseñanzas que reconoce como fundacionales, algunas relacionadas directamente con la literatura y otras con el oficio, con enfrentarse a la cuestión concreta de poder sentarse y escribir. Entre las primeras, transcribo una indicación de lectura que, aún a la distancia, se puede reconocer imprimiendo su sello en los incomparables cuentos de Carver.

“Los autores que estaban en boga en aquella época eran Hemingway y Faulkner. Pero en total yo había leído como máximo dos o tres libros suyos. De todos modos, eran tan conocidos y se hablaba tanto de ellos que no podían ser tan buenos, ¿no? Recuerdo que Gardner me dijo; «Lee todo el Faulkner que encuentres y luego lee todo lo de Hemingway para limpiar de Faulkner tu manera de escribir.».”

Entre las enseñanzas de oficio o de las posibilidades concretas de escribir, la siguiente es de un valor remarcable dentro del mundo literario:

“Gardner se había enterado de mis dificultades para encontrar un sitio donde trabajar. Sabía que tenía familia y que en mi casa no había sitio. Me ofreció la llave de su despacho. Ahora veo que aquel ofrecimiento fue decisivo. No fue un ofrecimiento casual, y yo me lo tomé, creo, como una orden —pues de eso se trataba—. Todos los sábados y domingos me pasaba parte del día en su despacho, que era donde (él) tenía las cajas de manuscritos”.

Los maestros tienen ciertas características que los hacen destacar del resto de los que nos enseñan: rigurosidad, exigencia, amor por la trasmisión de su saber, pero, sobre todo, generosidad. De nada sirve que nos enseñe quien sabe más que nadie en la materia si es mezquino a la hora de trasmitir o no puede aceptar que el otro es una persona diferente a él, un discípulo que no tiene que copiarlo sino encontrar su propio camino.

A lo largo de mi formación reconozco, entre otros, tres maestros fundamentales: en guión, María Inés Andrés; en literatura, Guillermo Saccomanno; y en dramaturgia, Mauricio Kartun. De los tres tengo muchos recuerdos, consejos y hasta frases sueltas que se me repiten cada tanto. Sólo a modo de ejemplo, cito uno para cada uno de ellos.

En el caso de Guillermo Saccomanno, la indicación (y una indicación de él era para nosotros, sus alumnos, una exigencia ineludible como para Carver las de Gardner) de leer En busca del tiempo perdido, de Proust, mientras escribía Las viudas de los jueves. Una indicación que puede parecer extraña, dado que nada tiene que ver un texto con el otro. “Es para que la trama no te arrase; estás en un momento de la escritura que por querer contar lo que sucede y resolver los puntos abiertos de la trama, te vas a olvidar de los detalles que más importan: cómo vive esta gente, cómo son las cortinas de sus casas, cómo ponen la mesa, qué comen, qué podes encontrar en su tacho de basura. Detalles de lo cotidiano. Eso es lo que más importa que cuentes, la trama policial se va a contar sola”. Y aunque sin la maravillosa morosidad de Proust para contar los detalles de su casa en Por los caminos de Swann, la indicación estuvo presente hasta el punto final de Las viudas de los jueves.

Mauricio Kartun me enseñó a no tenerle miedo a los sentidos y a hasta abusar de ellos cuando leyó una escena de “Un mismo árbol verde”, una obra de teatro que escribí mientras estudiaba en la Emad con él. La escena era acerca de una niña que miraba escondida detrás de un sillón cómo rompían la puerta de su casa en plena dictadura militar y se llevaban a su hermana. Me dijo: “Todas las puertas las destrozaron más o menos de la misma manera, con la misma prepotencia, con la misma impunidad que contás, tenés que buscarle a la escena algo particular, algo propio de esta familia y de ninguna otra. ¿Cómo olía la casa esa mañana?”. Entonces en la escena, que protagonizaba una familia de origen armenio, apareció el olor a menta, porque ese día estaban cocinando dolmá. Como la madre además planchaba una camisa al momento de la irrupción de la violencia en su casa, la plancha quedó sobre la tela y de a poco el olor a menta se mezcló con el olor a tela quemada. “Y desde entonces”, dice la protagonista gracias a esa indicación de Kartun, “cuando como dolmá espero con angustia que detrás del sabor a menta llegue el olor a tela quemada”.

A María Ines Andrés, gran guionista y directora de televisión, le debo miles de recomendaciones. Pero hay una que tiene que ver con el oficio y con las cuestiones de género (femenino, no literario) por la que le estaré eternamente agradecida. Mientras estudiaba con ella yo siempre estuve embarazada o acababa de tener un hijo (mis tres hijos nacieron muy seguido y todos en aquella época). Su taller funcionaba como semillero donde los autores que necesitaban asistentes llamaban para ofrecer trabajo. Pero yo, en estado de gravidez o de puerperio, nunca estaba en condiciones de ofrecerme como candidata. Pocos meses después de que nació mi tercera hija, el guionista Ricardo Rodríguez llamó a María Inés para pedirle que le recomendara un asistente. Ella me dijo con firmeza: “Y vos vas a ir”. “Pero estoy dando la teta”, le contesté. “Problema de él”, me respondió ella, “ yo ya le dije que sos la persona indicada, que Rodríguez vea cómo lo soluciona, pero vos vas, le decís que tenés una hija recién nacida a la que le vas a seguir dando la teta, que el trabajo te interesa mucho, y a ver qué se le ocurre a él para solucionarlo. Si no, vos no arrancás más”. Y así fue, nunca me habría atrevido a hacerle ese planteo a quien me estaba ofreciendo un trabajo si ella no me hubiera forzado a eso. Fui varios meses a la oficina con mi beba y le di la teta y la atención necesaria entre escena y escena.

Apenas tres anécdotas en medio de las muchas que podría evocar.

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