Opinión 09/12/2011
Hoy viajar es tocar
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Tal vez como ninguna otra actividad, viajar se ha modificado radicalmente en los últimos años. ¿Qué significa hoy viajar? La definición dela Real AcademiaEspañola sigue siendo válida: trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción. Pero lo que cambió es lo que la palabra implica, lo que asocia, aquello que en el imaginario de cada uno es o era viajar más allá de su definición semántica.



En el año 1997, Marc Augé publicaba en la editorial Payot & Rivages El viaje imposible. En la introducción a los textos que componen el libro, Augé enuncia la definición del concepto que le sirve de título general: “El viaje imposible es ese viaje que ya nunca haremos más. Ese viaje que habría podido hacernos descubrir nuevos paisajes y nuevos hombres, que habría podido abrirnos el espacio de nuevos encuentros. Eso ocurrió alguna vez y algunos europeos sin dudas experimentaron entonces fugitivamente lo que nosotros experimentaríamos hoy si una señal indiscutible nos probara la existencia, en alguna parte del espacio, de seres vivos capaces de comunicarse con nosotros. (…) Y nosotros, ¿qué hemos hecho de nuestros viajes y de nuestros descubrimientos? ¿Qué placer podría depararnos hoy el mundo globalizado y en gran parte miserable?”. No es ningún descubrimiento decir que la tecnología es uno de los factores que más influyó en el cambio. Por un lado, por el corte con el mundo que uno dejaba detrás al viajar, y por otra parte por el uso o no uso de algunos de nuestros sentidos.



Con respecto al mundo que uno dejaba atrás al viajar, hasta hace no tanto, el corte era brutal. La primera vez que crucé el océano, hace veinticinco años y después de ahorrar durante dos años, no me comuniqué ni con mi familia ni con nadie que hubiera quedado en este continente. Además de caro, no era fácil conseguir un teléfono. Y cuando se lo conseguía tampoco era sencillo que la comunicación se pudiera realizar. Después de casi un mes fuera de mi casa fui a visitar a unos parientes en Galicia y me encontré allí con una carta de mi madre.



Ésa era la única dirección de mis estadías con la que ella contaba, el resto eran hoteles de mala muerte contratados al llegar a cada ciudad. La carta tendía un puente, me contaba de ese mundo que había quedado atrás y me preguntaba cómo estaba, una pregunta retórica que yo contestaría en persona antes de que pudiera llegar ninguna respuesta epistolar. Y sobre la firma mi madre escribía: “Te quiero”, algo que a ella le costaba infinitamente decir cara a cara pero que seguramente ese corte, nada menos que un océano de por medio, había hecho necesario declarar.



La semana pasada estuve en Francia, me comuniqué tantas veces con mis hijos que, más que extrañarme, se deben haber cansado de mí. Chat, sms, mails, emoticones. Pero no sólo estuve en contacto con ellos. Cuando estaba en el Café Le Deux Magots, lo escribí en twitter y al poco rato el columnista deLa Nación EnriqueValiente Noailles me contestaba: “El reducto de Sartre”. Un rato después, el periodista Rei Martínez me marcaba que puse Margots, en lugar de Magots: “Te habrás confundido con el Margot de Boedo y su famoso sándwich de pavita”, cosa probable. Al día siguiente estuve en el Café de Flore, lo tuiteé y el escritor Sergio Olguín me contestó: “El lugar preferido de Boris Vian”. Conversé todos los días por chat con una amigo noctámbulo que se desvelaba en Buenos Aires a la hora en que yo me levantaba a leer los diarios (diarios argentinos, claro). Supe del niño muerto en Lincoln y del de Miramar. Que el fin de semana pasado llovió en Buenos Aires. Que una amiga decidió separarse. Qué por fin sale publicado el libro de otra. O sea, viajé, pero no me fui.



El asunto de los sentidos es el otro factor que marca la diferencia. Antes uno viajaba para “ver”. Ver lo que había imaginado en función a lo leído en un libro o a lo que le había contado otro viajero. Hoy ya “vimos” antes de viajar. Vamos a la librería Shakespeare &Co, frente al Sena, para ver si es tal como la vimos en Antes del Atardecer o en Medianoche en París. Verificamos, pero no descubrimos, la pérdida que marcaba Augé. Ya vimos todo aquello que vemos, lo vimos antes en el cine o en Internet con una veracidad que la propia experiencia no logra superar. Ver ya no es novedad. Es más, a veces ver in situ decepciona. Quedan los otros sentidos, no sé por cuánto tiempo, pero aún quedan.ntambién se oye, se huele y se gusta. Y sobre todo nos queda el tacto. Tocar un lugar es entrar en contacto con quienes allí nos encontramos. Tocar es lo que no pueden hacer (aún) las nuevas tecnologías. Entrar en relación con el otro a través la piel, los ojos, la risa. Toqué París cuando fui a comer a un restaurante japonés con la escritora Luisa Futoransky y dos amigas; Luisa citó de memoria poemasmpropios y de otros, y nos reímos hasta cualquier hora. Toqué Valence cuando lloré en la estación de trenes y la escritora y poeta Alicia Kozameh me consoló. Toqué Rennes cuando después de la charla programada enla Universidadel profesor y escritor Néstor Ponce me llevó a recorrer el casco histórico, me habló de sus hijas, y me enseño qué quiere decir “vender cerveza por metro” en la ciudad de Europa que más se bebe: abrió sus largos brazos en cruz y dijo, “todos losmvasos que entren uno al lado del otro de acá a acá”. Y en el vuelo de regreso, al despertarme después de diez horas ininterrumpidas de sueño, casi llegando a Buenos Aires, toqué el final del viaje cuando miré a la mujer que durmió en el asiento junto al mío y sentí que por lo menos le tenía que dar los buenos días.



Ella me saludó y al poco tiempo me estaba contando que viajaba a Buenos Aires porque su marido había secuestrado a su hijo y que venía a intentar recuperarlo.



Si ver se convirtió en lo más banal de un viaje, todavía nos queda oler, gustar y oír. Y tocar, más que ninguna otra cosa. Y cito otra vez a Augé: “El mundo existe todavía en su diversidad. Pero esa diversidad poco tiene que ver con el calidoscopio ilusorio del turismo. Tal vez una de nuestras tareas más urgentes sea volver a aprender a viajar, en todo caso, a las regiones más cercanas a nosotros, a fin de aprender nuevamente a ver”.

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