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Cuando estaba embarazada de mi tercera hija, dos meses antes de que naciera, fui a Buenos Aires a hacer unos trámites. Vivía a cuarenta kilómetros de la capital. Según me había dicho mi médico en el último control, todavía podía manejar. Así que me subí a la Panamericana y fui hacia mi destino sin inconvenientes. Dejé el auto en un estacionamiento y me moví por la ciudad a pie o en taxi. Pero a pesar de la normalidad, ese día sucedió algo del orden de lo extraño: cada vez que tuve que poner la fecha, ya sea en un cheque, un formulario, o para pedir un turno, anoté el número del día anterior o del siguiente. Era el 4 de abril de 1998 y yo ponía 3 o 5 de abril, alternativamente. Hacia el fin de la mañana sólo me quedaba ir al dentista y aún me sobraba un tiempo razonable para comer algo. Me senté en un bar, hice el pedido y abrí el libro que llevaba conmigo: “La invención de la soledad”, de Paul Auster. Empecé a leer. Antes de que llegara la comida me descompuse. Una contracción detrás de la otra me impedían siquiera levantarme de la silla. Llamé al médico, me mandó a guardar reposo absoluto. Tuve que dejar el auto en la cochera donde estaba y hacer el recorrido de regreso a casa en ambulancia.
Ya esa misma noche me di cuenta de por qué no acertaba con la fecha del día: mi padre había muerto un 4 de abril. Desde entonces, diez años atrás, cada aniversario me olvidaba irremediablemente de que ese día que transcurría coincidía con la fecha de su muerte. Un olvido aparente porque, en cambio, cada 4 de abril me enfermaba o me dolía algo, generalmente los oídos. El dolor empezaba suave e iba creciendo hasta que yo recordaba qué día era, qué significaba esa fecha y entonces, por fin, cedía. Ese año en lugar de dolor de oídos fueron contracciones, aunque otra vez la relación entre fecha, olvido y manifestación física era evidente. ¿Cuánto se tarda en elaborar la muerte de un padre? En el caso de los que nos dedicamos a escribir: ¿el tiempo de elaboración de un duelo se mide en años, meses, días, o en intentos de escritura?
La niña nació un poco antes de lo previsto pero todo estuvo bien. Desde aquel día en que me había descompuesto no volví a La invención de la soledad. Tampoco los primeros meses del puerperio. Pero un día el libro apareció olvidado adentro de una cartera, seguramente la que llevaba aquella mañana, y lo abrí. Hice correr la páginas sin saber qué buscaba, entre la 50 y la 51 había un ticket del bar donde había estado ese último 4 de abril antes de descomponerme (hoy, cuando busqué el libro para escribir esta nota, el ticket seguía ahí, aunque el tiempo fue borrando la tinta y apenas se adivinan en él manchas grises). El papel señalaba el lugar al que había llegado con mi lectura aquel día. Leí otra vez el párrafo que me había obligado al reposo:
“Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esa herida abierta. En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si sufriera un desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel. En lugar de enterrar a mi padre estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes. No sólo lo veo como fue, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso. Bajo tierra, en su ataúd, su cuerpo sigue intacto y sus uñas y su pelo continúan creciendo. Tengo la sensación de que para comprender algo debo penetrar en esa imagen de oscuridad, de que debo entrar en la absoluta oscuridad de la tierra”.
Esa vez en lugar de descomponerme, lloré.
Además del libro de Auster, hay muchos otros textos que hablan del duelo por la pérdida de alguno de los padres. Dos de mis favoritos son Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, y Una muerte muy dulce, de Simone de Beauvoir. Más allá de la anécdota particular, lo que más me interesa de todos ellos es la búsqueda de lo que Auster llama una nueva sintaxis, la sintaxis posterior a la muerte.
“Cuando un hombre entra a una habitación y uno le estrecha la mano, no siente que es su mano lo que estrecha, o que le estrecha la mano a un cuerpo, sino que le estrecha la mano a él. La muerte lo cambio todo. Decimos “Éste es el cuerpo de X” y no “Éste es X”. La sintaxis es absolutamente diferente. Ahora hablamos de dos cosas en lugar de una, dando por hecho que el hombre sigue existiendo, pero sólo como idea, como un grupo de imágenes y recuerdos en la mente de otras personas; mientras que el cuerpo no es más que carne y huesos, sólo un montoncillo de materia”.
Ya busqué la sintaxis necesaria para contar la muerte de mi madre. Me falta encontrar la que cuente la de mi padre, a pesar de que murió más de veinte años antes que ella.
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